4 may 2026

Elegias del olvido


Los postigos abiertos


La amada tenía un quinqué sobre la mesa.

En él reposaba mi fatiga. Y echaba a volar

mi ausencia en el Labirinto do Pasatempo.

Era el momento exacto en que un ave

dispersa la tarde de la noche.

El silencio de los muebles invadía

mi identidad discreta, una leve ternura

que suelo proteger con ojos entrecerrados.

Había, lo recuerdo, un libro de Élisée Reclus

y una carta insomne leída con despecho.

La cortina entornada fue testigo.

Y su vestido lila.




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Palabras a mi madre


Madre, debo hablar de ciertas mitologías.

Quiero saber si oyes mis palabras,

la invasión del tiempo, la avidez del silencio.

A veces, de noche, pareces viajar en una barca

en lo indeterminado de la penumbra.

Te pido que seas fiel a mis presagios,

a mis dudas inútiles,

al remordimiento, a la ausencia.

Me acompañas en sosiego, en desamparo.

A veces parece que urdes en lo más íntimo.

Quizá sea la esencia que desconozco,

una quimera que acecha mi rostro,

la incisiva plegaria sosteniendo otra máscara

en el olor de las panaderías, en la pulcritud errátil

de hamacas, de ábacos, de reyes.

Contempla mi soliloquio, la mudanza de los días,

la gratuidad de las pequeñas cosas,

esta cavilación de una alegoría de la infancia.


Carlos Penelas
Elegías del olvido
Ed. Dunken

 


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