Los postigos abiertos
La amada tenía un quinqué sobre la mesa.
En él reposaba mi fatiga. Y echaba a volar
mi ausencia en el Labirinto do Pasatempo.
Era el momento exacto en que un ave
dispersa la tarde de la noche.
El silencio de los muebles invadía
mi identidad discreta, una leve ternura
que suelo proteger con ojos entrecerrados.
Había, lo recuerdo, un libro de Élisée Reclus
y una carta insomne leída con despecho.
La cortina entornada fue testigo.
Y su vestido lila.
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Palabras a mi madre
Madre, debo hablar de ciertas mitologías.
Quiero saber si oyes mis palabras,
la invasión del tiempo, la avidez del silencio.
A veces, de noche, pareces viajar en una barca
en lo indeterminado de la penumbra.
Te pido que seas fiel a mis presagios,
a mis dudas inútiles,
al remordimiento, a la ausencia.
Me acompañas en sosiego, en desamparo.
A veces parece que urdes en lo más íntimo.
Quizá sea la esencia que desconozco,
una quimera que acecha mi rostro,
la incisiva plegaria sosteniendo otra máscara
en el olor de las panaderías, en la pulcritud errátil
de hamacas, de ábacos, de reyes.
Contempla mi soliloquio, la mudanza de los días,
la gratuidad de las pequeñas cosas,
esta cavilación de una alegoría de la infancia.
Carlos Penelas
Elegías del olvido
Ed. Dunken

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